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lunes, 22 de marzo de 2010

Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.

¿Qué decirles? Tan solo el título nos mueve algo en nuestro interior.
Un pájaro que le da cuerda al mundo, bien pudiera haber sido un hada o una tortuga, pero no sería lo mismo. Lo juro.

Haruki Murakami con mucha destreza delinea las personalidades de sus personajes. Personajes misteriosos, sensibles, valientes y fieles.

La historia, aunque quizás el tamaño del libro asuste a algunos, es sencilla, la sencillez, extracto puro de lo complejo. ¡Perfección!

Tooru Okada, el personaje nos introducira en su mundo, al mismo tiempo que lo intoducen a él en otros mundos. Somos socios de él en la aventura más increíble que ha vivido.
La base: Una joven pareja Japonesa, conservadora. Una intimidad que nos es ajena, tanto a nosotros como quizás lo es para estos dos.
Un pájaro en el Jardín que con su "ric, ric" se las trae. Como si le diera cuerda a algo. Kumiko, lo llamaría "El pájaro que da cuerda".
Y así será. La desaparición de un gato y el quebre silencioso de este matrimonio desembocaran en una búsqueda profunda para poder comprender, para poder salvar, salvarse. Varias personas desfilaran a lo largo de la novela, todas ellas tan interesantes y atrapantes como sus historias. Historias que compartirán con Tooru sin tener este la necesidad de compartir la suya. Solo se alimenta de ellas. Las historias de los otros formaran a lo largo del libro su propia historia.
Bellisima novela, cada capítulo podría considerarse preciosas piezas invaluables que conformaran una obra maestra.
Inperdibles las reflexiones de May Kasahara, una adolescente que sabrá inconcientemente guiar al pobre de Tooru en esta obscuridad que lo absorbe.

Puedo decir mil cosas mas, sobre esta novela, nada en ella se desperdicia, pero no quiero robarles a ustedes el placer de que nos otorga la lectura de un buen libro.

Los libros del mes.

Un poco de todo.

Mea culpa, hace rato no posteo sobre libros, ni peliculas. Para saldar la deuda, voy a hablar de dos libros. Radicalmente diferentes o no...

El primero "Crónica del pájaro que da cuerda al mundo", escrito por Haruki Murakami.
El segundo, "Cuarteles de invierno", escrito por Osvaldo Soriano, segunda parte de aquél libro inolvidable "No habrá mas penas ni olvido" ( Pasión peronista, invasión comunista, morir por un ideal)

miércoles, 23 de diciembre de 2009

El Angel Gris


Crónicas del Angel gris de Alejandro Dolina, mi bien admirado Alejandro, es un muy buen libro para leer en verano. Donde más se guste leer...
Una buena selección de cuentos sobre amores olvidados e imposibles y entre cuento y cuento nos veremos envueltos en las desventuras de Tamas Dorkas, el caminante, quien se enamoro del diablo y debe deshacerse de su maldición.
Con el impecable estilo de Dolina uno puede adentrarse en los misterios del Barrio de Flores y repudiar con total fundamento a los Refutadores de Leyendas, leer historias fantasticas sobre fantasmas y aparecidos, sobre primeras novias, y sobre carnavales tristes.
¡Lo recomiendo sin miedo a desilusionarlos!

martes, 11 de agosto de 2009

Observación

He buscado por internet información sobre este libro, trate de conseguir alguna versión on line para que puedan descargar pero no encontre ninguna. Solo vi dos blogs que hablan sobre el. Tal vez halla más, yo no los vi. En Ares no hay versiónes para descargar. Si se encuentran interesados en leerlo y realamente no lo consiguen hagamenlo saber y algo habremos de inventar para que no se pierdan la oportunidad de consumirlo. Aunque deba tipear sus 456 páginas en este blog o llamarlos por téléfono y leerles todas las noches un capítulo. (Ja! Si me piden lo hago, estoy comprometida con la causa) Ya encontraremos el modo. Por favor no dejen de opinar en la cajita gris que hay al pie de la página, pueden proponer sus libros y peliculas favoritas. Podemos armar un circulo de lectores y enivarnos los libros por correo, por supuesto con responsabilidad. Dicen que los libros no se prestan, pero hoy escuche algo que me pareció cierto: un libro una vez que se lee no es de nadie o bien pudiera ser de todos.

Reseña

Tenemos a Jesus muriendo en la cruz, resucitando y elevandose a los cielos. En el plano terrenal quedan sus discipulos quienes deben llevar noticias de la Fe a los Judíos. ¿A los Judíos solamente? A todo aquel que quiera creer.
Como harán los apostoles para esparcir la Fe. ¿A quienes sí? ¿A quienes no? ¿Un eúnuco puede ser bautizado? ¿Un asesino implacable, que se arrepiente, también?
Roma esta siendo consumida por la miseria y el hambre. El Imperio calmara a la plebe con pan y circo. ¿Y el alma? ¿Como calmara el Imperio el alma de su gente?
Una nueva religión esta naciendo con fuerza. Promete perdón para los mas terribles pecadores. Promete paz para el espiritú, vida después de la muerte. Salvación para aquellos que abracen la Fé. ¿Quién no quisiera tener el alma tranquila?

"...Comenzaré con los acontecimientos inmediatamente posteriores a la muerte de su supuesto fundador, y concluiré con el terrible período de la erupción del Vesubio, la cual, destruyendo dos hermosas ciudades, nos trajo a la memoria que, por mucho que nos ahíje el Imperio-o la propia madre Iglesia-, tenemos una madre más vieja y más voluble que alimenta sin amor a sus hijos, y sin saña los empuja a la muerte. No parece que se pueda resucitar de entre las cenizas de Pompeya. Cuando muere el cuerpo también muere el alma humana. Se derrumban los templos, y con ellos las tablas y los pergaminos de los diversos credos religiosos, haciendo ver la impotencia de los dioses. Sin embargo, no queda a los hombres otro remedio que el de vivir contra viento y marea, fijando sus propias reglas. Nada quiere saber Naturaleza de semejantes reglas, ni tampoco las admiten, de entrada, bastante endeble, pero sirve para que la pluma, superado el exordio, siga adelante. El lector a quien ya se le este abriendo la boca de aburrimiento ante el aparente tono moralizador muy pronto obtendrá su porción de maldad. La maldad nunca se hace esperar.
En lo tocante a la resurrección de Jesús, crea cada cual lo que llegue a creer. Yo, por mi parte, ningún milagro he de aceptar mientras me quede razón al alcance de la mano, y no tengo prueba de que Jesús muriera en la cruz. Era, según dicen todos, hombre de inmensa estatura e inmensa fuerza, con unos pulmones enormes, cuyo poderío había acrecentado la práctica de cierto tipo de oratoria. No cabe duda de que lo clavaron a una cruz por las muñecas y los pies, dejándole el cuerpo como un pez fuera del agua boqueando por aire; pero cuando le sobrevino la postración aún le faltaba bastante para morir, porque aquellos vastos pulmones, controlando los musculos del poderoso diafragma, todavía llevaban aire sufieciente para mantenerlo con vida. No le rompieron las piernas como sabemos, y la lanza que le perforó el costado no parece a alcanzar ningún órgano interno. En toda su integridad corporal lo descolgaron del árbol, con la vitalidad plena en estado latente, pero presta a recobrarse tras un sueño reparador. Para semejante coloso no constituía proeza física al apartar la piedra que hacía las veces, de puerta de su sepulcro, y volverla a poner en su sitio era algo muy propio de su manera de ser. Hablar de resurrección, como hicieron todos sus seguidores, nofue un intento de fomentar la falsedad: las tumbas son para los muertos, y, cuando un hombre aparentemente muerto es depositado en una tumba, el hecho de que salga de ella con vida puede calificarse de resurrección. se dada satifactorio cumplimiento a una profecía: El hijo del hombre, o de Dios, había reconstruido su templo tras pasar tres días en la tumba. Pero si muerte es que cese la respiración y el corazón se pare con la consiguiente pudrición de la carne, entonces nadie se ha levantado de entre los muertos, ni siquiera Lázaro. Lázaro dormía un sueño de excepcional duración y profundidad y devolverle el movimiento fue, en cierto modo, un hecho taumatúrgico; Pero levantar el sello de la muerte si fuera posible, no dejaría de constityuir blasfemia contra el Creador-Destructor que tan inexorablemente lo estampó."

viernes, 7 de agosto de 2009

El libro del mes

Este mes sera dedicado a una gran novela histórica, interesantisima por demás, al menos para mi y espero que para ustedes también.
"El reino de los réprobos" escrita por Jonh Anthony Burguess, Wilson. Nacido en Manchester en el año 1917. Caido en 1993.
Entre su bibliografía puede encontrarse: La naranja mecánica (otra gran novela);mil novecientos ochenta y cinco; El hombre del piano; Miel para los osos; Poderes terrenales y Shakespeare: La biografía mas breve y encantadora.

El reino de los réprobos (Réprobos: Definición católica. Condenados a las penas eternas) es un exquisito libro que se lanza a la tarea de retratar aquella Roma lejana, consumida por la ambición, el adulterio y la corrupción ilimitada.No todo esta perdido... también nos sabra contar sobre Jesus y sus Apostoles, como llego la buena nueva al reino y como sus seguidores tuvieron que arreglarselas para esparcir la fe entre tanta hostilidad y necesidad.
Burguess se pasea por un fino hilo, entre los hechos históricos y la leyenda, entre la fe y la razón de la misma. Un libro que no ofende, que invita a creer.
Apto para no creyentes, no es una novela religiosa, pero se las ingenia para contagiar de entusiasmo al lector.

"Mi título esta tomado del nombre que la tradición judía viene aplicando al Imperio Romano. Apercíbase el lector para toda índole de perversidades en las páginas que siguen: desde el acto de comer carne de cerdo, pasando por la lujuría, el adulterio, la bigamia, la sodomía, el bestialismo, las más refinadas formas de crueldad, el asesinato y la adoración a falsos dioses, hasta el pecado de vivir incircunciso. Relamase de gusto ante la perspectiva de que el autor, digamoslo así, llegue a corromperlo por mano interpuesta. Es muy posible que la práctica de la literatura constituya un tipo de depravación condenable en justicia. Pero nadie niega que la literatura deja de serlo tan pronto como se mete en edificaciones morales; entonces se trueca en filosofía de la moral, o en cualquier otra cosa de parecido aburrimiento. De modo que, aunque solo sea para mitigar el tedio de nuestras existencias, no rechacemos nuestras perdiciones complementarias. Ni que decir tiene que más me condeno yo que el lector, siendo quien esto emprende, y siendo quienes leyeren meros receptores de la noticia del mal. El lector, por añadidura, puede arrojar este libro al fuego si le disgusta en exceso; a mí, en cambio, me toca escribirlo. Alce el lector otra vez su copa de o; y dé por aceptado el hecho de que los hombres somos malos."

lunes, 20 de julio de 2009

Carta a una señorita en París. (Julio Cortazar)

Andrée, yo no quería venirme a vivir a su departamento de la calle Suipacha. No tanto por los conejitos, más bien porque me duele ingresar en un orden cerrado, construido ya hasta en las más finas mallas del aire, esas que en su casa preservan la música de la lavanda, el aletear de un cisne con polvos, el juego del violín y la viola en el cuarteto de Rará. Me es amargo entrar en un ámbito donde alguien que vive bellamente lo ha dispuesto todo como una reiteración visible de su alma, aquí los libros (de un lado en español, del otro en francés e inglés), allí los almohadones verdes, en este preciso sitio de la mesita el cenicero de cristal que parece el corte de una pompa de jabón, y siempre un perfume, un sonido, un crecer de plantas, una fotografía del amigo muerto, ritual de bandejas con té y tenacillas de azúcar... Ah, querida Andrée, qué difícil oponerse, aun aceptándolo con entera sumisión del propio ser, al orden minucioso que una mujer instaura en su liviana residencia. Cuán culpable tomar una tacita de metal y ponerla al otro extremo de la mesa, ponerla allí simplemente porque uno ha traído sus diccionarios ingleses y es de este lado, al alcance de la mano, donde habrán de estar. Mover esa tacita vale por un horrible rojo inesperado en medio de una modulación de Ozenfant, como si de golpe las cuerdas de todos los contrabajos se rompieran al mismo tiempo con el mismo espantoso chicotazo en el instante más callado de una sinfonía de Mozart. Mover esa tacita altera el juego de relaciones de toda la casa, de cada objeto con otro, de cada momento de su alma con el alma entera de la casa y su habitante lejana. Y yo no puedo acercar los dedos a un libro, ceñir apenas el cono de luz de una lámpara, destapar la caja de música, sin que un sentimiento de ultraje y desafio me pase por los ojos como un bando de gorriones.

Usted sabe por qué vine a su casa, a su quieto salón solicitado de mediodía. Todo parece tan natural, como siempre que no se sabe la verdad. Usted se ha ido a París, yo me quedé con el departamento de la calle Suipacha, elaboramos un simple y satisfactorio plan de mutua convivencia hasta que septiembre la traiga de nuevo a Buenos Aires y me lance a mí a alguna otra casa donde quizá... Pero no le escribo por eso, esta carta se la envío a causa de los conejitos, me parece justo enterarla; y porque me gusta escribir cartas, y tal vez porque llueve.

Me mudé el jueves pasado, a las cinco de la tarde, entre niebla y hastío. He cerrado tantas maletas en mi vida, me he pasado tantas horas haciendo equipajes que no llevaban a ninguna parte, que el jueves fue un día lleno de sombras y correas, porque cuando yo veo las correas de las valijas es como si viera sombras, elementos de un látigo que me azota indirectamente, de la manera más sutil y más horrible. Pero hice las maletas, avisé a la mucama que vendría a instalarme, y subí en el ascensor. Justo entre el primero y segundo piso sentí que iba a vomitar un conejito. Nunca se lo había explicado antes, no crea que por deslealtad, pero naturalmente uno no va a ponerse a explicarle a la gente que de cuando en cuando vomita un conejito. Como siempre me ha sucedido estando a solas, guardaba el hecho igual que se guardan tantas constancias de lo que acaece (o hace uno acaecer) en la privacía total. No me lo reproche, Andrée, no me lo reproche. De cuando en cuando me ocurre vomitar un conejito. No es razón para no vivir en cualquier casa, no es razón para que uno tenga que avergonzarse y estar aislado y andar callándose.

Cuando siento que voy a vomitar un conejito me pongo dos dedos en la boca como una pinza abierta, y espero a sentir en la garganta la pelusa tibia que sube como una efervescencia de sal de frutas. Todo es veloz e higiénico, transcurre en un brevísimo instante. Saco los dedos de la boca, y en ellos traigo sujeto por las orejas a un conejito blanco. El conejito parece contento, es un conejito normal y perfecto, sólo que muy pequeño, pequeño como un conejilo de chocolate pero blanco y enteramente un conejito. Me lo pongo en la palma de la mano, le alzo la pelusa con una caricia de los dedos, el conejito parece satisfecho de haber nacido y bulle y pega el hocico contra mi piel, moviéndolo con esa trituración silenciosa y cosquilleante del hocico de un conejo contra la piel de una mano. Busca de comer y entonces yo (hablo de cuando esto ocurría en mi casa de las afueras) lo saco conmigo al balcón y lo pongo en la gran maceta donde crece el trébol que a propósito he sembrado. El conejito alza del todo sus orejas, envuelve un trébol tierno con un veloz molinete del hocico, y yo sé que puedo dejarlo e irme, continuar por un tiempo una vida no distinta a la de tantos que compran sus conejos en las granjas.

Entre el primero y segundo piso, Andrée, como un anuncio de lo que sería mi vida en su casa, supe que iba a vomitar un conejito. En seguida tuve miedo (¿o era extrañeza? No, miedo de la misma extrañeza, acaso) porque antes de dejar mi casa, sólo dos días antes, había vomitado un conejito y estaba seguro por un mes, por cinco semanas, tal vez seis con un poco de suerte. Mire usted, yo tenía perfectamente resuelto el problema de los conejitos. Sembraba trébol en el balcón de mi otra casa, vomitaba un conejito, lo ponía en el trébol y al cabo de un mes, cuando sospechaba que de un momento a otro... entonces regalaba el conejo ya crecido a la señora de Molina, que creía en un hobby y se callaba. Ya en otra maceta venía creciendo un trébol tierno y propicio, yo aguardaba sin preocupación la mañana en que la cosquilla de una pelusa subiendo me cerraba la garganta, y el nuevo conejito repetía desde esa hora la vida y las costumbres del anterior. Las costumbres, Andrée, son formas concretas del ritmo, son la cuota del ritmo que nos ayuda a vivir. No era tan terrible vomitar conejitos una vez que se había entrado en el ciclo invariable, en el método. Usted querrá saber por qué todo ese trabajo, por qué todo ese trébol y la señora de Molina. Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta.

Me decidí, con todo, a matar el conejito apenas naciera. Yo viviría cuatro meses en su casa: cuatro -quizá, con suerte, tres- cucharadas de alcohol en el hocico. (¿Sabe usted que la misericordia permite matar instantáneamente a un conejito dándole a beber una cucharada de alcohol? Su carne sabe luego mejor, dicen, aunque yo... Tres o cuatro cucharadas de alcohol, luego el cuarto de baño o un piquete sumándose a los desechos.)

Al cruzar el tercer piso el conejito se movía en mi mano abierta. Sara esperaba arriba, para ayudarme a entrar las valijas... ¿Cómo explicarle que un capricho, una tienda de animales? Envolví el conejito en mi pañuelo, lo puse en el bolsillo del sobretodo dejando el sobretodo suelto para no oprimirlo. Apenas se movía. Su menuda conciencia debía estarle revelando hechos importantes: que la vida es un movimiento hacia arriba con un clic final, y que es también un cielo bajo, blanco, envolvente y oliendo a lavanda, en el fondo de un pozo tibio.

Sara no vio nada, la fascinaba demasiado el arduo problema de ajustar su sentido del orden a mi valija-ropero, mis papeles y mi displicencia ante sus elaboradas explicaciones donde abunda la expresión «por ejemplo». Apenas pude me encerré en el baño; matarlo ahora. Una fina zona de calor rodeaba el pañuelo, el conejito era blanquísimo y creo que más lindo que los otros. No me miraba, solamente bullía y estaba contento, lo que era el más horrible modo de mirarme. Lo encerré en el botiquín vacío y me volví para desempacar, desorientado pero no infeliz, no culpable, no jabonándome las manos para quitarles una última convulsión.

Comprendí que no podía matarlo. Pero esa misma noche vomité un conejito negro. Y dos días después uno blanco. Y a la cuarta noche un conejito gris.

Usted ha de amar el bello armario de su dormitorio, con la gran puerta que se abre generosa, las tablas vacías a la espera de mi ropa. Ahora los tengo ahí. Ahí dentro. Verdad que parece imposible; ni Sara lo creería. Porque Sara nada sospecha, y el que no sospeche nada procede de mi horrible tarea, una tarea que se lleva mis días y mis noches en un solo golpe de rastrillo y me va calcinando por dentro y endureciendo como esa estrella de mar que ha puesto usted sobre la bañera y que a cada baño parece llenarle a uno el cuerpo de sal y azotes de sol y grandes rumores de la profundidad.

De día duermen. Hay diez. De día duermen. Con la puerta cerrada, el armario es una noche diurna solamente para ellos, allí duermen su noche con sosegada obediencia. Me llevo las llaves del dormitorio al partir a mi empleo. Sara debe creer que desconfío de su honradez y me mira dubitativa, se le ve todas las mañanas que está por decirme algo, pero al final se calla y yo estoy tan contento. (Cuando arregla el dormitorio, de nueve a diez, hago ruido en el salón, pongo un disco de Benny Carter que ocupa toda la atmósfera, y como Sara es también amiga de saetas y pasodobles, el armario parece silencioso y acaso lo esté, porque para los conejitos transcurre ya la noche y el descanso.)

Su día principia a esa hora que sigue a la cena, cuando Sara se lleva la bandeja con un menudo tintinear de tenacillas de azúcar, me desea buenas noches -sí, me las desea, Andrée, lo más amargo es que me desea las buenas noches- y se encierra en su cuarto y de pronto estoy yo solo, solo con el armario condenado, solo con mi deber y mi tristeza.

Los dejo salir, lanzarse ágiles al asalto del salón, oliendo vivaces el trébol que ocultaban mis bolsillos y ahora hace en la alfombra efímeras puntillas que ellos alteran, remueven, acaban en un momento. Comen bien, callados y correctos, hasta ese instante nada tengo que decir, los miro solamente desde el sofá, con un libro inútil en la mano -yo que quería leerme todos sus Giraudoux, Andrée, y la historia argentina de López que tiene usted en el anaquel más bajo-; y se comen el trébol.

Son diez. Casi todos blancos. Alzan la tibia cabeza hacia las lámparas del salón, los tres soles inmóviles de su día, ellos que aman la luz porque su noche no tiene luna ni estrellas ni faroles. Miran su triple sol y están contentos. Así es que saltan por la alfombra, a las sillas, diez manchas livianas se trasladan como una moviente constelación de una parte a otra, mientras yo quisiera verlos quietos, verlos a mis pies y quietos -un poco el sueño de todo dios, Andrée, el sueño nunca cumplido de los dioses-, no así insinuándose detrás del retrato de Miguel de Unamuno, en torno al jarrón verde claro, por la negra cavidad del escritorio, siempre menos de diez, siempre seis u ocho y yo preguntándome dónde andarán los dos que faltan, y si Sara se levantara por cualquier cosa, y la presidencia de Rivadavia que yo quería leer en la historia de López.

No sé cómo resisto, Andrée. Usted recuerda que vine a descansar a su casa. No es culpa mía si de cuando en cuando vomito un conejito, si esta mudanza me alteró también por dentro -no es nominalismo, no es magia, solamente que las cosas no se pueden variar así de pronto, a veces las cosas viran brutalmente y cuando usted esperaba la bofetada a la derecha-. Así, Andrée, o de otro modo, pero siempre así.

Le escribo de noche. Son las tres de la tarde, pero le escribo en la noche de ellos. De día duermen ¡Qué alivio esta oficina cubierta de gritos, órdenes, máquinas Royal, vicepresidentes y mimeógrafos! Qué alivio, qué paz, qué horror, Andrée! Ahora me llaman por teléfono, son los amigos que se inquietan por mis noches recoletas, es Luis que me invita a caminar o Jorge que me guarda un concierto. Casi no me atrevo a decirles que no, invento prolongadas e ineficaces historias de mala salud, de traducciones atrasadas, de evasión Y cuando regreso y subo en el ascensor ese tramo, entre el primero y segundo piso me formulo noche a noche irremediablemente la vana esperanza de que no sea verdad.

Hago lo que puedo para que no destrocen sus cosas. Han roído un poco los libros del anaquel más bajo, usted los encontrará disimulados para que Sara no se dé cuenta. ¿Quería usted mucho su lámpara con el vientre de porcelana lleno de mariposas y caballeros antiguos? El trizado apenas se advierte, toda la noche trabajé con un cemento especial que me vendieron en una casa inglesa -usted sabe que las casas inglesas tienen los mejores cementos- y ahora me quedo al lado para que ninguno la alcance otra vez con las patas (es casi hermoso ver cómo les gusta pararse, nostalgia de lo humano distante, quizá imitación de su dios ambulando y mirándolos hosco; además usted habrá advertido -en su infancia, quizá- que se puede dejar a un conejito en penitencia contra la pared, parado, las patitas apoyadas y muy quieto horas y horas).

A las cinco de la mañana (he dormido un poco, tirado en el sofá verde y despertándome a cada carrera afelpada, a cada tintineo) los pongo en el armario y hago la limpieza. Por eso Sara encuentra todo bien aunque a veces le he visto algún asombro contenido, un quedarse mirando un objeto, una leve decoloración en la alfombra y de nuevo el deseo de preguntarme algo, pero yo silbando las variaciones sinfónicas de Franck, de manera que nones. Para qué contarle, Andrée, las minucias desventuradas de ese amanecer sordo y vegetal, en que camino entredormido levantando cabos de trébol, hojas sueltas, pelusas blancas, dándome contra los muebles, loco de sueño, y mi Gide que se atrasa, Troyat que no he traducido, y mis respuestas a una señora lejana que estará preguntándose ya si... para qué seguir todo esto, para qué seguir esta carta que escribo entre teléfonos y entrevistas.

Andrée, querida Andrée, mi consuelo es que son diez y ya no más. Hace quince días contuve en la palma de la mano un último conejito, después nada, solamente los diez conmigo, su diurna noche y creciendo, ya feos y naciéndoles el pelo largo, ya adolescentes y llenos de urgencias y caprichos, saltando sobre el busto de Antinoo (¿es Antinoo, verdad, ese muchacho que mira ciegamente?) o perdiéndose en el living, donde sus movimientos crean ruidos resonantes, tanto que de allí debo echarlos por miedo a que los oiga Sara y se me aparezca horripilada, tal vez en camisón -porque Sara ha de ser así, con camisón- y entonces... Solamente diez, piense usted esa pequeña alegría que tengo en medio de todo, la creciente calma con que franqueo de vuelta los rígidos cielos del primero y el segundo piso.

Interrumpí esta carta porque debía asistir a una tarea de comisiones. La continúo aquí en su casa, Andrée, bajo una sorda grisalla de amanecer. ¿Es de veras el día siguiente, Andrée? Un trozo en blanco de la página será para usted el intervalo, apenas el puente que une mi letra de ayer a mi letra de hoy. Decirle que en ese intervalo todo se ha roto, donde mira usted el puente fácil oigo yo quebrarse la cintura furiosa del agua, para mí este lado del papel, este lado de mi carta no continúa la calma con que venía yo escribiéndole cuando la dejé para asistir a una tarea de comisiones. En su cúbica noche sin tristeza duermen once conejitos; acaso ahora mismo, pero no, no ahora. En el ascensor, luego, o al entrar; ya no importa dónde, si el cuándo es ahora, si puede ser en cualquier ahora de los que me quedan.

Basta ya, he escrito esto porque me importa probarle que no fui tan culpable en el destrozo insalvable de su casa. Dejaré esta carta esperándola, sería sórdido que el correo se la entregara alguna clara mañana de París. Anoche di vuelta los libros del segundo estante, alcanzaban ya a ellos, parándose o saltando, royeron los lomos para afilarse los dientes -no por hambre, tienen todo el trébol que les compro y almaceno en los cajones del escritorio. Rompieron las cortinas, las telas de los sillones, el borde del autorretrato de Augusto Torres, llenaron de pelos la alfombra y también gritaron, estuvieron en círculo bajo la luz de la lámpara, en círculo y como adorándome, y de pronto gritaban, gritaban como yo no creo que griten los conejos.

He querido en vano sacar los pelos que estropean la alfombra, alisar el borde de la tela roída, encerrarlos de nuevo en el armario. El día sube, tal vez Sara se levante pronto. Es casi extraño que no me importe verlos brincar en busca de juguetes. No tuve tanta culpa, usted verá cuando llegue que muchos de los destrozos están bien reparados con el cemento que compré en una casa inglesa, yo hice lo que pude para evitarle un enojo... En cuanto a mí, del diez al once hay como un hueco insuperable. Usted ve: diez estaba bien, con un armario, trébol y esperanza, cuántas cosas pueden construirse. No ya con once, porque decir once es seguramente doce, Andrée, doce que serán trece. Entonces está el amanecer y una fría soledad en la que caben la alegría, los recuerdos, usted y acaso tantos más. Está este balcón sobre Suipacha lleno de alba, los primeros sonidos de la ciudad. No creo que les sea difícil juntar once conejitos salpicados sobre los adoquines, tal vez ni se fijen en ellos, atareados con el otro cuerpo que conviene llevarse pronto, antes de que pasen los primeros colegiales.

domingo, 19 de julio de 2009

Imaginando Cumbres Borrascosas...




Cumbres borrascosas

Emily Brontë

Emily nació en Thornton, en Yorkshire, Inglaterra. Era la quinta de seis hermanos.En 1820 la familia se trasladó a Haworth, donde fue enviada al colegio Clergy Daughters, junto con sus tres hermanas, luego de la muerte de su madre en 1821. Allí debido a las pesimas condiciones del establecimiento, enferman de turbeculosis. De vuelta al hogar, las hermanas de Emily, María y Elizabeth mueren. Charlotte escribe mucho despues "Jane Eyre" inspirada en el tiempo que estuvo internada en aquel horrible lugar.
En 1846 Charlotte descubre el talento literario de su hermana y junto Ane, la menor de las tres, deciden escribir un libro de poesía juntas. Para eludir los prejuicios de la época se colocan pseudonimos masculinos: Currer Bell, Ellis Bell y Acton Bell.
Solo se vendieron dos ejemplares del libro.
Sin darse por vencidas, deciden escribir cada una una novela.
En 1847 se público Cumbres borrascosas sin lograr halagos, ni reconocimiento por parte de los criticos, quienes no comprendieron su estructura innovadora, mucho tiempo después fue considerada una de las mejores novelas escritas. Donde sus personajes siniestros y apasionados aparecen y desaparacen en aquellos escenarios desolados. Donde el amor trasciende el odio, la venganza y los celos, desfilando por una delgada linea que define los extremos.
Emily Bronte muere el 19 de diciembre de 1848, de tuberculosis a los 30 años de edad.

Argumento
La novela cuenta la historia de amor entre Catherine Earnshaw y su amigo Heathcliff. Un hombre llamado Lockwood llega a la finca Cumbres Borrascosas, donde conocerá al señor Heathcliff, a su nuera Catherine y al joven Hareton. Lockwood es cuidado por el ama de llaves, la señora Dean en la Granja de los Tordos, y le cuenta la historia de las dos familias. Heathcliff es un niño abandonado que recoge el señor Earnshaw y lo lleva a su casa (Cumbres Borrascosas). Heathcliff le cae bien a Catherine y mal a Hindley, hermano mayor de Catherine.

Tras el paso del tiempo, los padres de Catherine y Hindley mueren. Hindley se casa con una mujer llamada Frances, la cual le prohibe a Heathcliff el contacto con Catherine, aunque siguen manteniendo una amistad que con el paso del tiempo se convertira en amor. Un día deciden ir a espiar a los vecinos (los Linton) de la Granja de los Tordos. Los Linton les ven , y al huir Catherine es mordida por un perro, y los Linton la cogen a Catherine, quien pasa con ellos una temporada, y a su vuelta ha cambiado de ser una niña salvaje de las Cumbres Borrascosas, a ser una señorita.Catherine se casa con Edgar Linton, aunque como Catherine le confiesa al ama de llaves Nelly Dean, en realidad está enamorada de Heathcliff, quien desaparece, y volverá a aparecer al cabo del tiempo, que para enfadar a Edgar y poner celosa a Catherine, intenta cortejar a Isabella, (hermana menor de Edgar Linton), y acaba yéndose con ella.

Catherine enferma por los encontronazos de su marido y Heathcliff, ella acaba muriendo la noche en que da a luz a la hija que tiene con Edgar Linton, su marido, bautizada por el mismo con el nombre de su esposa, aunque llamada Cathy. Hindley muere y Heathcliff toma a su hijo Hareton y se queda con todas sus tierras (Hindley había vendido sus tierras a Heathcliff para pagar su afición al juego). Isabella huye de Cumbres Borrascosas y solamente se dedice al cuidado de su hijo Linton. Después de dieciséis años, Cathy Linton no sabe nada de las Cumbres durante esos dieciseis años que pasan. Tras visitar a su primo Linton (quien había sido traído de vuelta a las Cumbres cuando murió su madre, Isabella) se casan, aunque muere poco después, y deja todo su patrimonio a su padre(Heathcliff), dueño de la herencia de los dos mayores enemigos. El señor Lockwood vuelve y descubre que Heathcliff ha muerto (supuestamente por haber sido llevado por el fantasma de su amada Catherine) y Hareton y Cathy planean casarse

El libro del mes

Hace bastante tiempo, leí un buen libro. No siempre leo buenos libros, para ser sincera. ¿Quien decide cuando es un buen libro y cuando no? Eso queda al criterio del lector. Ciertamente si el libro llego a ser publicado, para alguien fue bueno. Bien, continuo. Leí, a mi parecer, un muy buen libro. Una novela titulada, "Cumbres borrascosas" y quede pasmada. Era lo que necesitaba para reactivarme, buscaba pasión y la encontre.
Entro en ese momento, desde el primer capítulo hasta el último en mi breve lista de favoritos y ahí se quedo y quedara para siempre.
A continuación, para este blog redacte un artículo sobre la novela y su escritora. Espero sea del agrado de quien llegue a leerlo, aunque fuera por accidente o voluntariamente.

lunes, 13 de abril de 2009

Siempre me ha gustado:

Siempre me ha gustado leer y aún asi no me considero una gran lectora. ¿Que se necesita para ser considerada una gran lectora? Que se yo... lo único que puedo decir a mi favor es que disfruto muchisimo leer y que guardo en mi memoria aquellas palabras que mas me conmovieran en momentos de mayor necesidad. Por que los libros han sido para mi, amigos infaltables que nunca dudaron en venir a visitarme cuandos estaba sola... Cree este blog con la intención de compartir, solo eso, compartir lo que fuera, desde una poesía que se nos arraigo en el alma, hasta un cuento que nunca más pudimos olvidar. Una novela que nos apasiona, una canción que canta nuestro pensar.